Daguerrotipo de 9 jóvenes inidentificados en 1850.
Conjunto de jovenes presuntamente funcionarios en 1850 pensando sobre el futuro de lo suyo. Fuente.
Tenemos la suerte de contar para este post con Clara Mapelli, Administradora Civil del Estado y doctora en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. En la actualidad trabaja en el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Ha coordinado el estudio Nuevos tiempos para la función pública, elaborado junto a otras diez personas empleadas en la Administración General del Estado, de próxima publicación por el INAP.

Vivimos tiempos de cambio e incertidumbre. Pero aun así sabemos que la principal fuente de riqueza de las organizaciones se encuentra en la creatividad, la motivación y el empeño de las personas que en ellas trabajan.

En un contexto de mutaciones tecnológicas y económicas que se suceden a gran velocidad, nuestras administraciones han de prestar servicios de calidad a una sociedad cada vez más plural y participativa. Y que reclama una Administración que actúe de forma trasparente, blindada frente a la corrupción y el clientelismo.

Pero, así como los servicios públicos son defendidos desde distintas tribunas, es menos frecuente encontrar manifestaciones parecidas respecto de los empleados públicos que los sostienen.

Tiempos para las personas en la función pública

No hay político que se precie que no incluya un recorte de empleo público en su programa como muestra de osadía. Los funcionarios como gasto intrínsecamente improductivo. Estas propuestas suelen venir acompañadas de ambiciosos programas de políticas públicas. A nadie se le ocurre olvidar las disponibilidades presupuestarias a la hora de diseñarlos, pero ¿por qué nadie piensa en los servidores públicos que tendrán que ponerlos en práctica?

Conviene no dejarse confundir por estos mensajes. Porque, si algo está claro, es que la capacidad del sector público para responder a los nuevos retos depende de un factor crítico: atraer y retener el talento de las personas. Profesionales con los conocimientos y capacidades necesarias para ejercer unas funciones crecientemente complejas. Comprometidos con su vocación de servicio público. Anclados en una institución que actúe en defensa de la objetividad y de los intereses generales.

Tiempos para encontrar un lugar

Los distintos indicadores internacionales empleados para medir la efectividad gubernamental analizan si los servicios públicos se prestan de forma objetiva, o bien si favorecen la posición de determinados grupos sociales; si las decisiones se adoptan en el marco de la planificación de políticas públicas, o si por el contrario obedecen a criterios particulares o partidistas; y finalmente si los sistemas de acceso y carrera de los empleados públicos se basan en el mérito, o bien en las conexiones personales, familiares, o de confianza política.

España ocupa actualmente el puesto número 12 de los Estados de la Unión Europea en efectividad gubernamental, de acuerdo con el Banco Mundial. Tenemos todavía muchos deberes pendientes.

Y uno de ellos es conseguir que el régimen de la función pública forme parte de la agenda política. Abandonar la equivocada percepción de que es una cuestión de organización interna que apenas tiene incidencia en la vida de los ciudadanos.

Tiempos para crecer

El pasado 12 de abril se cumplieron diez años desde la aprobación del Estatuto Básico del Empleado Público (EBEP). Una norma en muchos aspectos rompedora, que incorporaba reformas en aspectos clave como la selección, la carrera y los directivos públicos.  El Estatuto debía venir acompañado de normas de desarrollo adaptadas a las necesidades de cada una de las Administraciones territoriales. Pero, así como en esta última década distintas Comunidades Autónomas han elaborado sus normas de función pública, en la Administración General del Estado seguimos rigiéndonos por legislación adoptada… ¡en los años 80!

No voy a insistir en aquello de que las crisis son una oportunidad, porque la última década ha sido devastadora para el empleo y los efectos de los recortes en los servicios públicos han sido bien evidentes para todos. Pero ahora que parece terminar la época de las congelaciones, quizá sea un buen momento para empezar a reflexionar sobre el modelo de función pública que queremos construir.

A todos nos duele escuchar que la Administración en la que creemos y por la que trabajamos diariamente es ineficaz, está colonizada por los partidos políticos, no es imparcial. Pero somos conscientes de que no existen fórmulas mágicas para atajar estos males. Hay que trabajar duro por la Administración que queremos.

Tiempos para cambiar

De modo que, ¿por qué no vamos más allá? No es imposible. En España hemos abordado con éxito muchos procesos de cambio complejos. Estos cambios suelen llegar tras una deliberación colectiva y transparente en la que los distintos agentes, sectores y expertos tratan de consensuar propuestas realistas, viables y con potencial de transformación.

Un grupo de funcionarios llevamos un tiempo trabajando en un estudio sobre las reformas pendientes en materia de función pública. Sus integrantes hemos compartido a lo largo de dos años reflexiones e inquietudes para elaborar un diagnóstico y propuestas de mejora para la administración estatal. Hemos tenido la oportunidad de contar con la opinión y los comentarios de expertos y servidores públicos durante el proceso de elaboración.

Es una forma de empezar. Porque queremos empezar a debatir sobre nuestro modelo de función pública.  Un debate que creemos esencial para transformar nuestras administraciones en organizaciones excelentes y cimentar la confianza ciudadana que las sostiene.

Lleva por título Nuevos tiempos para la función pública, de próxima publicación por el INAP.

Era el mejor de los tiempos…

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