Hombre con herramientas
Esta persona está por si la Administración electrónica no confiesa sus pecados

La Administración electrónica es algo tan adorable como los gatitos. Pensar en verdes praderas de trámites automatizados y rápidos con diseño tipo Ikea. ¿Quién no querría un mundo así? Imaginémonos la Arcadia en la que todo el mundo pueda tomar el sol mientras espera que el big data le calcule la declaración de la renta… Sin embargo, las ideas sobre las cosas no tienen por que coincidir con la realidad. A veces la Administración elctrónica es un monstruo que se recrea en horribles pecados para su propia felicidad. Aquí tenemos, preparando la cuaresma, los siete pecados capitales de la Administración electrónica.

Gula

La gula es el primer pecado de la Administración electrónica. En este caso, consiste en querer hacer absolutamente todo, todo, todo. No es que esté mal, lo lógico es que la tecnología vaya a más. El problema reside en las situaciones en las que, sin que haya una idea o una necesidad, nos lanzamos a hacer las cosas por que se puede. Esto puede parecer que es un enfoque ludista. Sin embargo, cualquiera con un poco de experiencia en el campo, recordará como hemos ido acumulando apetencias digitales conforme el dictado de las modas básicamente para todo. Firmas, sedes, servicios, chats, opendata, apps… todo vale para todo y al final nos quedamos con la mitad de la mitad.

Al final, como siempre que tenemos ataques de gula, acabamos con indigestión, lamentando haber pedido más de lo debíamos.

Avaricia

La Administración electrónica se lanza a por todas cada vez que tiene un plan. La administración-a-medida-del-ciudadano-multicanal-flexible-proactiva-y-de-un-solo-punto-de-contacto viene con nosotros desde, por lo menos, el año 2000 (si no antes). La Administración electrónica ha sido ambiciosa porque ha esperado resolver todos los problemas que pudiera tener la administración. Esto es normal, porque lo nuevo siempre ofrece nuevas respuestas (no necesariamente eficaces).

La avaricia de la Administración electrónica es querer apropiarse y arreglar todos los posibles problemas del servicio público. Es malo es que esto arramble con cualquier otra posibilidada u opción de cambio.

La avaricia rompe el saco, y la decpeción que generamos está a la altura de las expectativas que creamos.

Soberbia.

Muy relacionada con la avaricia, está la soberbia. La Administración electrónica llegó como la solución de todo. O bien por su bondad directa o bien por ser (y odio la frase) el catalizador del cambio. Llegamos a un momento en que todo lo que pudiera pasar, va mejor con Internet. Hasta el punto que hemos decidido que el municipio más pequeño tenga que movilizar más recursos digitales que habitantes.

Tener alta estima es bueno, pero ser soberbio es una mala cosa, porque generalmente te pegas leches que se han pegado otros antes. Por ejemplo, si lanzas un portal de participación  posiblemente aprenderías mucho de las experiencias de quien hizo estos proyectos antes de Internet.

Ni siquiera Internet está por encima de los fracasos de los seres humanos.

Pereza.

La pereza contrasta con la soberbia. La pereza de la Administración electrónica suele venir por la “facilidad” con la que vemos los cambios. Esto genera dos problemas: todo parece más fácil y todo tarda más de lo esperado. Aún recuerdo cuando, en los inicios del BPM y el SOA había gente que consideraba que eso dejaba “todo hecho”. Una solución tecnológica que permite intercambiar datos y procesos de diferentes entidades para obtener un resultado único… casi nada. Adiós a correr de una ventanilla a otra, pedir documentación o gestionar documentos: tiras un webservice y coges el dato necesario para avanzar con tu gestión. Esto era como 2009. 8 años después estamos más que contentos (muy contentos) cuando una plataforma de intermediación con comunicación asíncrona permite, una o dos veces al día comprobar el DNI de un ciudadano.

Esta idea de “facilidad” no viene solo por el lado técnico, porque en el normativo-funcional, también estamos servidos. Por ejemplo, los Esquemas Nacionales (de seguridad e interoperabilidad) iban a tardar 18 meses hasta su publicación…En verdad rondó casi el doble de tiempo. Cuando se aprobaron las leyes 39 y 40 de 2015 se dió un año y medio para llegar a la administración sin papel. No es dejar las cosas para mañana, es pensar que de hoy para mañana, las cosas están hechas, y raramente es así.

Las cosas cuestan trabajo, en Internet también.

Lujuria

¿Qué tiene que ver la lujuria con la Administración electrónica, más allá de pornotube? Entendamos que la lujuria es ese ansia de refocilarse para obtener placer. La Administración Electrónica ha tenido muchos partenaires porque, quitando el ejército, el tema tecnológico no ha sido nunca cosa pública. De esta manera, la asociación de la Administración y tecnología ha atraido empresas, ONG’s, consultoras, tecnologías, proveedores informáticos, proveedores de servicios de internet… todo aquel que pudiera ofrecer algo interesante.

El problema de la lujuria no es buscar beneficio, es cuando “el acto” (perdón, pero la educación religiosa deja secuelas) se convierte en el objetivo. Y eso pasa más a menudo de lo que desearíamos. No es culpa de la Administración: en términos tecnológicos, con un buen discurso, una moda, y (ocasionalmente) recursos o prestigio, la Administración se deja seducir. Sin embargo entre convenio, acuerdo y demás, la sensación es que tenemos más acuerdos que resultados.

La tecnología sin proyecto mola, pero con proyecto mola mucho más.

Envidia.

Dice la leyenda que si te quedas sentado suficiente tiempo en una conferencia de Administración Electrónica oirás la expresión “que la Adminstración Pública sea como Amazon“. Yo diría que se cumple (de hecho, yo alguna vez la he dicho: culpable).

La Administración electrónica ha tenido un componente aspiracional de ser como el sector privado. La banca,  las tiendas, las redes sociales… todo parecía más bonito, mejor y más rápido (y barato) que lo público. Por lo pronto, lo de más barato y rápido, ya digo (en mi experiencia) que no. Lo de más bonito, si, y lo de mejor, pues según para quién. La obsesión de hacer un “benchmarking” de lo privado a lo público con lo privado ha cerrado en muchos casos la búsqueda de una propia identidad. No hay que fijarse en lo que han hecho otros, sino buscar lo que uno quiere ser. Es más difícil, pero mucho más divertido.

Busca vivir mejor, pero no dejes de ser tu.

Ira.

La ira es la última parada de este post (los cinéfilos habréis notado que sigo el orden de Fichner en Seven, mejor profesor que los que tuve en religión). La ira es, básicamente, la manía de forzar el cumplimiento de la norma (para eso está). La cuestión es que si juntamos garantizar el cumplimiento de la ley con unos planteamientos poco realistas, tenemos un conflicto importante.

Ese es el problema de la Administración electrónica con la ira. No es que se enfade mucho, es que, si empieza a enfadarse por no cumplir normas, posiblemente, no acabe nunca. ¿De qué sirve la ira si has puesto unas condiciones en las que o estas siempre enfadado, o mejor disimulas? Pues eso, para comprometerte y que acaben por no tomarte en serio.

Enfadarse es normal, pero enfadarse mucho hace la vida invivible.

Y esta ha sido mi lista de pecados de la Administración electrónica. ¿Tenéis alguno mas?

 

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