Foto antigua de un maestro impartiendo clase.

Maestro en una clase antes de que en Junio hiciera tanto calor. Fuente.

Junio de 2017 está batiendo marcas en lo que se refiere a las temperaturas. No me meto en si va a hacer historia o no, porque la tendencia climática indica que es sólo un paso más en el camino en el que nos encontramos. En todo caso, lo atípico de estas temperaturas en estas fechas genera conflictos evidentes. El problema ha estado en las escuelas y qué hacer con las clases con estas temperaturas. La situación en este caso es un retrato ideal de cómo reacciona (o no lo hace) la Administración ante la disrupción. Vamos a ver como.

La disrupción: lo nunca visto.

El sistema educativo español está marcado por el verano. El reparto de temperaturas a lo largo del año hace que el cierre de las aulas coincida con los dos mese más calurosos del año. Quitando el paréntesis del calendario de Julio Rodríguez Martinez (el calendario Juliano), es poco probable que las temperaturas alcancen en las aulas más de 30 grados. Hasta la fecha.

Esta planificación hace que lo que ocurre hoy no esté previsto. Como hablábamos en su día en el post de los errores y los Oscars, uno puede tener protocolos para lo previsible, pero no para lo que no cree posible. Es decir, posiblemente, en términos de seguridad laboral, dado que en julio y agosto si se trabaja, hay un límite de temperatura en el que cerrar los establecimientos laborales. Si esta es aplicable al sistema escolar, las autoridades de Madrid y Andalucía no parecen tener intención de aplicarla.

Así que vamos por partes: hay un problema para el que no estamos preparados hasta la fecha. Algo que ocurre con otros casos como Uber, AirBnB, Wannacry, o la fiscalidad de negocios on-line.

Ha pasado lo impensable, ¿Qué podemos hacer?

La primera pregunta ante estos casos es una ¿Es urgente? La urgencia es el principal motivo por el que una maquinaria tan pesada como la Administración puede reaccionar rápido. Este criterio no depende sólo del hecho. Si consigues generar la suficiente presión (como una huelga), la urgencia aparece.  Evidentemente, que haga mucho calor en el aula y que haya padres protestando, es urgente. Así que, si.

La segunda pregunta es ¿Es posible que esto se repita? Se que muchos pensaréis  que debería ser ¿Qué puedo hacer? Creo que el balance de posibles acciones depende de la permanencia del problema. Si los responsables públicos estiman que el calor va a ser algo fijo para toda la vida, actuarán de una manera distinta que si estiman que es algo puntual. Esto es lo que parece que piensan, no sabemos si por el clima o porque no miran su agenda a 12 meses. En todo caso, asumamos que los responsables políticos sí que piensan que hay un problema de futuro, pero que las decisiones para responder a él superan la urgencia de la situación.

La tercer pregunta, ya con esas dos condiciones, es ¿Qué podemos hacer? Esta es la parte donde de verdad hay acción pública, cuando hay decisión. Evidentemente, si no se cumplen los dos criterios anteriores es muy posible que se evite porque una decisión siempre genera división.

Puede pasar otra cosa: que se cumplan las dos condiciones previas y que, sin embargo, no podamos (o sepamos) hacer algo.

Siguiendo la analogía: la aparición de la economía tecnológica va generando problemas urgentes y permanentes. La cuestión es que, dentro de eso ¿Puede o sabe hacer algo el gobierno?

Hacer o no hacer  y qué hacer.

Así que tenemos una situación en la que no teníamos preparada una respuesta, que debemos tomarla y que, posiblemente deba ser duradera en el futuro. En este escenario hemos encontrado  un poco de todo:

  • Quitarte de en medio. La opción más fácil a corto plazo es decir que lo haga otro (el axioma Simpson). Esto te quita de la responsabilidad, pero no ofrece una respuesta general a un problema que sí es general. Además, no quita que piensen que te has quitado de en medio.
  • Minimizar el problema. No tomes decisiones, di que no es ni urgente ni grave. Es el caso de los “abanicos de papel”
  • Con el procedimiento al fin del mundo. Otra cosa que puedes hacer es intentar aplicar un principio ya existente a una situación nueva. Por ejemplo, aplicar las condiciones de seguridad laboral al colegio y cerrar al pasar los 27 grados. Es una opción pero genera no pocos problemas adicionales.
  • Que las circunstancias tomen la decisión. Una posibilidad es que la disrupción sea tan “invasiva” que la decisión la toma ella misma. En el caso del calor es menos visible, pero si mañana nevara estrepitosamente y se bloquearan las calles, no habría problema con las aperturas de los colegios.

Si seguimos con el ejemplo de la tecnología, hemos tenido de tenido de todo. Desde no entrar a regular actividades económicas hasta que están aquí, a decir que es cosa de otros gobiernos, pasando por seguir con lo mismo.

Ir a por todas.

Claro que podemos pensar que hay una última opción, que es intentar ir a por todas. Asumimos que hay algo urgente, permanente y con lo que podemos hacer algo. Pongamos, por ejemplo, el caso de la Administración electrónica. La aparición de Internet cambia la demanda ciudadana, ha venido para quedarse y tengo que hacer algo (porque lo creo, o porque me obligan). En ese caso, vamos a hacer todo lo posible por hacer lo máximo. ¿Qué es lo que pasa? Que lo disruptivo obliga a pensar de manera disruptiva. Cualquiera que esté dedicado a estos temas, recordará que en los últimos 20 años llevamos múltiples planes, leyes, programas y demás de distintos gobiernos, pero los resultados no son los que esperábamos.

Si volvemos a la ola de calor, podemos pensar que el equivalente sería decir: vamos a hacer un plan para dotar de climatización a todos los centros educativos de España. En el caso de que alguien haga algo así es muy posible que esa aproximación al problema acabara con aires acondicionados para 2018 o 2020 a precio de oro y sin posible mantenimiento.

Hacer cosas nuevas no es una garantía de éxito para los fenómenos disruptivos. Esto requiere entender la situación en profundidad y pensar en un plano de acción para lo urgente y otro para lo permanente. Del mismo modo, hay que asumir que no vas a conseguir la perfección a corto (o incluso largo plazo). Lo nuevo requiere aprender, pero no se puede aprender sin actuar.

La acción pública en la disrupción.

¿En qué se traduce esto? En que la respuesta pública a la ola de calor en los colegios es en general tan mala como la que se da a lo digital. Se ha minimizado el problema, evitado responsabilidades y se ha actuado realmente muy poco. La diferencia es que, en el caso del calor el tamaño del problema es visible, evidente y toca a un sector muy vulnerable.

Lo peor de todo no es solo que esa inactividad no nos va a permitir, ni siquiera, lo que nos permitiría el fracaso: aprender. Lo que es nuevo e inesperado es el mayor reto para un gobierno, donde estamos midiendo la talla. Llamemosle Uber, crisis de 2008, Internet, u ola de calor. La cuestión es que estamos en una época en la que estas disrupciones son más frecuentes y, por lo tanto, visibiliza más la falta de adaptación al problema.

La Administración no está preparada para adaptarse a lo nuevo, pero no parece que le queden opciones.

 

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Junio de 2017 está batiendo marcas en lo que se refiere a las temperaturas. No me meto en si va a hacer historia o no, porque la tendencia climática indica que es sólo un paso más en el camino en el que nos encontramos. En todo caso, lo atípico...