Daguerrotipos de Madame Pommery
Por fin una imagen que hace referencia directa al título del artículo. Fuente.

Ultimamente he estado pensando en lo mucho que podemos aprender de las cosas que nos gustan. Las cosas que hacemos por obligación pueden darnos muchas alegrías, y en ellas ponemos esfuerzo, atención y energía. Sin embargo, en las cosas que nos gustan ponemos alma, cariño y energía. Esto no significa que lo que hagamos por trabajo valga necesariamente menos. Tampoco  que todo lo que hagamos por que nos gusta lo hagamos bien, o valga para cualquier caso. Pero, aún así, hay ocasiones en las que podemos aprender mucho de lo que nos gusta para lo que hacemos. Especialmente si sabemos mirar bien. Este es el caso de la historia de cómo evoluciona el mercado del vino y todo lo que podemos aprender de innovación y gobierno electrónico.

Madame de Pommery: la historia del champagne brut.

Hace unos años pude visitar algunas bodegas de Cahampagne en Francia. Entre ellas estaba la de Pommery, que, pese a no ser tan famosa como Dom Perignon (que es la misma que Moët Chandon) o la omnipresente Mumm, tiene un papel crítico en la historia del vino espumoso. Fue la bodega que empezó a vender el champagne seco (el célebre brut).

La historia es bastante interesante. Madame De Pommery era la mujer de un cavista menor de la región. Su marido (lógicamente Monseieur de Pommery) murió cuando ella  tenía 40. En ese momento, en el que el Champagne estaba en crecimiento comercial, ella decide tomar las riendas de la empresa. En aquellos tiempos el Champagne era algo muy distinto a lo que tenemos ahora: se trataba de un vino de postre, extremadamente edulcorado. Eso sí, ya era famoso y un producto de lujo en toda Europa gracias a la hegemonía francesa.

Inventando el champagne moderno.

Sin embargo, Mme. de Pommery consideró que el champagne dulce acababa quitando el sabor al vino y eclipsaba todo lo que aportaba. Esto suponía una ruptura a un mercado creciente en el que todos los demás productores mantenían un producto que funcionaba y era rentable. Por las razones que sea, esta mujer decidió seguir adelante sacando algo nuevo que no se vendía confiando en que, al final, al público le gustaría.

Pero no fue un trabajo fácil. La señora de Pommery se apoyó de manera muy importante en un equipo comercial sólido y apostó fuertemente por Estados Unidos. Aunque confiara en que este champagne gustaría, también sabía que tenía que convencer a mucha gente de que el que tomaban antes no estaba tan bueno. Y esto es mucho más complicado que darlo a probar, porque requiere superar prejuicios, miedos y hábitos.

Esta apuesta cambió el Champagne, acabando con su versión más dulce y llevándolo a sabores más secos.

Lo que no se hace cuando se crea un nuevo vino

La historia de Pommery es distinta en cuanto a alcance y trascendencia a lo que hacen muchos cavistas y bodegueros. Pero en términos generales, no es algo muy diferente a crear un nuevo vino  (o un nuevo plato de cocina, una nueva película, o un nuevo lo que sea destinado al consumo de la gente). En todos estos casos hay cosas que no debemos hacer para lograr nuestros objetivos.

  • Hacer las cosas sin sentido. Uno puede ponerse a probar cosas a tontas y a locas esperando que la potra (serendipia si nos ponemos en plan gurú) nos resuleva la papeleta.  No vamos a decir que la suerte no importe, pero si llega no suele hacerlo mientras nos sentamos a esperar. La suerte aparece cuando la buscamos. Puede pasar que aparezca en el camino algo que no pensabamos que iba a estar allí, pero es la búsqueda de algo concreto lo que nos hace valorarlo.
  • Hacer las cosas porque la tecnología lo permite. Pocas veces encontraras a un bodegero diciendo “he comprado este tipo de cuba o de fermentos porque es nuevo y hace cosas chulas“. Si compra algo, lo hace porque le va a ayudar a conseguir una cosa.
  • Hacer lo que hacen los demás porque son los demás. Hacer algo porque lo hacen los demás es llegar todo lo lejos que podemos llegar entre los demás. Si la señora Pommery hubiera seguido esta máxima, su bodega sería una más, y el Champagne sería un jarabe dulzón.

 

Cosas que podemos aprender de hacer un nuevo vino

Lo más interesante de todo no es lo que no podemos hacer, sino lo que podemos. En este sentido, hay algunos puntos a destacar.

  • Hacemos algo pensando en las personas. La señora Pommery no quería hacer un vino seco porque podía, quería hacerlo porque pensaba que podría gustar a la gente. Puede parecer una obviedad, pero siempre lo que hacemos, diseñamos o cambiamos, lo hacemos para que lo use, consuma o disfrute alguien. Da lo mismo lo avanzado que pueda ser lo que ofrecemos, si no gusta, no tiene futuro.
  • Los grandes cambios llevan tiempo. Cuando hacemos algo nuevo tenemos que convencer a la gente de que es mejor que lo viejo. A veces no es difícil. Puede ser mucho mejor, o puedes dar con gente que le guste de primeras. Sin embargo, hay veces que hay que tener paciencia para que la gente compare y vea que lo nuevo puede ser mejor que lo de antes. Incluso aunque lo de antes le gustara mucho.
  • Las cosas no se hacen solas, requieren trabajo. La cava de Pommery tendría claro como hacer buen champagne, pero nada de esto serviría sin un equipo comercial muy activo. Convencer lleva tiempo, pero además, ese tiempo es un tiempo que no puedes estar quieto. Hay que moverse para impulsar el cambio.
  • Tenemos que creer en lo que hacemos. Cambiar las cosas es muy duro y muy dificil. Si no estás implicado y comprometido con ello, casi que mejor no empezar. Si hay algo que destacan todos los testimonios sobre nuestra heroina es su tesón, esfuerzo y determinación.

Qué pueden aprender las Administraciones Públicas de esto

La verdad es que todas estas enseñanzas son de aplicación evidente para la acción pública. Sin embargo, todos estos casos los podemos identificar con cosas que no se hacen o se hacen. No es dificil encontrar nuevos desarrollos tecnológicos que están ahí porque ahora podemos hacerlos. Tampoco es raro pedir identificación personal telemática para cualquier cosa, simplemente porque existe. No hablemos de cuando se hace un nuevo portal o servicio porque tal otra administración, nacional o internacional también lo hace.

Del mismo modo, en mi experiencia, es muy sencillo hablar de generalidades de lo que quermos lograr sin pensar en las personas. “Tramitar más fácilmente”, “hacer más por menos”, “dejar que los ciudadanos gestionen sus trámites” (mi favorito)… expresiones en las que lo que ganan o logran las personas no está ni se le espera. Igualmente, esperamos que con decir “a partir del 1 de octubre todo tiene que ser telemático” y sentarse a esperar que todo sea telemático.

Al final, la sensación que queda es que la Administración electrónica se hace por obligación y no por pasión. Si de verdad se creyera en la mejora del servicio público a través de la tecnología, no nos contentaríamos con tener más portales, certificados o trámites. Supongo que, en definitiva, se trata de cuestión de tiempo y oportunidad. Veremos.

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